Shirley
Shirley —Doctor, recétese a sà mismo —fue la respuesta de Shirley. A Caroline le susurró—: Tomaré prestada a la imaginación lo que la realidad no quiere darme. No somos soldados, no deseo derramar sangre, o, si lo somos, somos soldados de Cristo. El tiempo ha vuelto hacia atrás unos cuantos siglos y somos peregrinos que nos dirigimos a Palestina. Pero no, es demasiado fantástico. Necesito un sueño más austero: somos habitantes de la Baja Escocia y seguimos al capitán de nuestra alianza[99] por las colinas para celebrar una reunión fuera del alcance de las tropas que nos persiguen. Sabemos que tal vez los rezos precedan a una batalla y, como creemos que, en el peor de los casos, el cielo ha de ser nuestra recompensa, estamos dispuestos a regar la hierba con nuestra sangre. Esta música espolea mi alma, despierta toda mi vida, hace que me lata el corazón, no con su moderado pulso cotidiano, sino con un nuevo y emocionante vigor. Casi ansÃo el peligro, defender una fe, una patria o, al menos, un amante.
—¡Mira, Shirley! —interrumpió Caroline—. ¿Qué es ese punto rojo sobre Stilbro’ Brow? Tú tienes mejor vista que yo; vuelve tus ojos de águila hacia allÃ.
La señorita Keeldar miró el lugar indicado.