Shirley

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—Ya veo —dijo, luego añadió—: es una línea roja. Son soldados… soldados de caballería —se apresuró a agregar—. Cabalgan al galope; son seis. Pasarán por nuestro lado, no, han virado hacia la derecha; han visto nuestra procesión y dan un rodeo para esquivarla. ¿Adónde irán?

—Quizá sólo estén entrenando a los caballos.

—Quizá. Ya no se ven.

El señor Helstone intervino en aquel momento.

—Atravesaremos Royd-lane para acortar camino hasta el ejido de Nunnely —dijo.

Y, por consiguiente, desfilaron hacia la angosta Royd-lane. Era un camino muy estrecho, tanto que sólo podían caminar por parejas si no querían caer en las zanjas que discurrían a ambos lados. Habían llegado a la mitad del camino cuando se hizo evidente la agitación que se había apoderado de los comandantes eclesiásticos: los anteojos de Boultby y el Roboam de Helstone se agitaron; los coadjutores se dieron codazos unos a otros; el señor Hall se volvió hacia las señoras y sonrió.

—¿Qué pasa? —le preguntaron.

Él señaló con su bastón hacia el otro extremo del camino. ¡Allí estaba!: una procesión entraba por el extremo opuesto, encabezada también por hombres de negro y seguida también de música, como era ya audible.


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