Shirley
Shirley —¿Es nuestro doble? —preguntó Shirley—. ¿Un espectro de nosotros mismos? Aquà tenemos una carta boca arriba.
—Si querÃas una batalla, es probable que la tengas, al menos de miradas —le susurró Caroline entre risas.
—¡No pasarán! —exclamaron los coadjutores al unÃsono—. ¡No les cederemos el paso!
—¡Ceder el paso! —replicó Helstone con severidad, volviéndose—. ¿Quién habla de ceder? Vosotros, muchachos, cuidado con lo que hacéis; sé que las señoras se mantendrán firmes, puedo confiar en ellas. No hay aquà ninguna anglicana que no defienda su terreno frente a esa gente por el honor de la Iglesia oficial. ¿Qué dice la señorita Keeldar?
—Pregunta qué es eso.
—Las escuelas de los disidentes, metodistas, baptistas, independientes y wesleyanos, unidos todos en alianza impÃa. Han tomado este camino a propósito, con la intención de obstaculizar nuestra marcha y hacernos retroceder.
—¡Qué mala educación! —dijo Shirley—. Y yo detesto la mala educación. Es evidente que necesitan una lección.
—Una lección de cortesÃa —sugirió el señor Hall, que estaba siempre a favor de mantener la paz—, no un ejemplo de malos modos.