Shirley
Shirley El viejo Helstone echó a andar. Avivó el paso y se adelantó unos metros a su compañÃa. HabÃa alcanzado casi a los otros comandantes vestidos de negro cuando el que parecÃa ejercer de comandante en jefe hostil —un hombre alto y grasiento, con los cabellos negros pegados a la frente— dio el alto. La procesión se detuvo: el hombre sacó un libro de himnos, leyó una estrofa, marcó una melodÃa, e iniciaron todos el más quejicoso de los cánticos.
Helstone hizo una seña a sus bandas de música, que empezaron a tocar con toda la potencia de los cobres. QuerÃa que tocaran Rule, Britannia, y ordenó a los niños que unieran sus voces a la música, cosa que hicieron con ánimo entusiasta. La música y el canto superaron a los del enemigo; se ahogó su salmo: en lo tocante al ruido, habÃa sido vencido.
—¡Ahora, seguidme! —exclamó Helstone—, pero no corriendo, sino con paso firme y elegante. Resistid, niños y mujeres; no os separéis; cogeos de las faldas, si es necesario.