Shirley
Shirley En los últimos tiempos, digo, ha caído una copiosa lluvia de coadjutores sobre el norte de Inglaterra, pero en 1811 o 1812 esta abundante lluvia no se había producido aún; los coadjutores eran escasos entonces, no había ayuda pastoral, ni Sociedad de Coadjutores Adicionales para echar una mano a los viejos y agotados párrocos y beneficiados y darles lo suficiente para pagar a un joven y vigoroso colega de Oxford o Cambridge. Los sucesores actuales de los apóstoles, discípulos del doctor Pusey y herramientas de la Propaganda, se criaban entonces bajo las mantas de una cuna, o experimentaban la regeneración de un bautismo en las palanganas de los cuartos infantiles. Imposible de adivinar, mirando a cualquiera de ellos, que los dobles volantes almidonados de sus gorros de tul enmarcaban el rostro de un sucesor predeterminado y especialmente santificado de san Pablo, san Pedro o san Juan; imposible igualmente prever en los pliegues de sus largos camisones la blanca sobrepelliz que vestirían más adelante para hostigar cruelmente las almas de sus feligreses, y singularmente para asombrar a su anticuado párroco haciendo ondear en un púlpito la vestimenta semejante a una camisa que antes no había ondeado más allá de un atril[2].
