Shirley

Shirley

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—He visto… veo ahora, a una titania: su túnica de aire azul se extiende hasta el límite de los brezales, donde pasta ese rebaño; un velo blanco le cae de la cabeza a los pies como una avalancha, adornados los bordes con arabescos llameantes. Bajo el pecho veo su fajín, púrpura como ese horizonte: el brillo del lucero vespertino traspasa su arrebol. Sus firmes ojos no puedo describirlos; son claros, son profundos como lagos, están alzados y llenos de veneración, tiemblan por la suavidad del amor y la pureza de la plegaria. Su frente tiene la extensión de una nube y es más pálida que la luna cuando aparece mucho antes de que caiga la oscuridad; reclina su pecho sobre las estribaciones del páramo de Stilbro; debajo se entrelazan sus poderosas manos. Así, arrodillada, habla con Dios cara a cara. Esa Eva es la hija de Jehová, igual que Adán fue su hijo.

—¡Es vaga y quimérica! Vamos, Shirley, tenemos que entrar en la iglesia.

—Caroline, no pienso hacerlo: me quedaré aquí con mi madre Eva, en estos tiempos llamada Naturaleza. ¡Amo su ser inmortal y poderoso! Puede que el Cielo se borrara de su semblante cuando pecó en el Paraíso, pero aún brilla en él cuanto de glorioso hay en la tierra. Me abraza y me muestra su corazón. ¡Silencio, Caroline! Tú también la verás y sentirás lo mismo que yo si nos quedamos calladas.


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