Shirley
Shirley Emprendieron camino; echaron a correr. Toparon con muchas tapias que las entretuvieron, pero no las desanimaron. Shirley tenÃa el paso firme y ágil: podÃa saltar como una cierva cuando le interesaba. Caroline, menos osada y diestra, se cayó un par de veces, y se hizo alguna magulladura, pero volvió a ponerse en pie sin vacilar, afirmando que no se habÃa hecho daño. El último campo estaba rodeado por un seto de espino blanco y perdieron tiempo buscando una brecha para atravesarlo; la abertura, cuando la encontraron, era muy estrecha, pero consiguieron pasar por ella: los largos cabellos, la suave piel, las sedas y muselinas no quedaron intactos, pero lo que lamentaron profundamente fue que aquel obstáculo habÃa estorbado su prisa. Al otro lado del seto encontraron el arroyo, que discurrÃa por su cauce profundo y accidentado: en aquel punto habÃa un estrecho tablón que servÃa como puente y era el único modo de pasar al otro lado. Shirley habÃa pasado por el tablón sin temor más de un vez; Caroline no se habÃa arriesgado nunca a hacerlo.
—Yo te llevaré en brazos —dijo la señorita Keeldar—. Eres muy ligera y yo no soy débil; déjame intentarlo.
—Si me caigo, puedes pescarme —fue la respuesta de Caroline, que notó un agradecido apretón en la mano.