Shirley
Shirley TenÃan que atravesar ahora una parte del bosquecillo. Cuando salieron de él, la fábrica se encontraba justo a sus pies; veÃan claramente los edificios, el patio; veÃan la carretera que se extendÃa más allá. Y la primera ojeada en aquella dirección demostró a Shirley que su conjetura era cierta: habÃan llegado demasiado tarde para dar la alarma; habÃan tardado más tiempo del previsto en superar los diversos obstáculos que entorpecÃan el atajo campo a través.
La carretera, que deberÃa ser blanca, se veÃa oscura a causa de la masa de hombres que avanzaba: los alborotadores se habÃan congregado frente a la verja cerrada del patio, y al otro lado una única figura aparentemente hablaba con ellos. La fábrica estaba sumida en la oscuridad y el silencio: no habÃa vida, ni luz, ni movimiento en torno a ella.
—TenÃa que estar prevenido; ¡ese al que han encontrado ahà solo no puede ser Moore! —susurró Shirley.
—Lo es. ¡Debo acudir a su lado! Iré a su lado.
—Eso sà que no.
—¿Para qué he venido entonces? Sólo por él. Yo iré a su lado.
—Por suerte, no está en tus manos: no hay entrada al patio.