Shirley
Shirley Shirley se dio la vuelta y llamó al ama de llaves con un tono más autoritario que amable. Su voz resonó a través del grueso revestimiento de roble del vestíbulo y de las puertas de la cocina con mayor efectividad que la llamada de una campanilla. La señora Gill, que estaba muy ocupada en la elaboración del pan, llegó con manos y delantal manchados por las tareas culinarias, pues no se había atrevido a entretenerse limpiándose la masa de las primeras ni sacudiéndose la harina del segundo. Su señora jamás había llamado a un sirviente con ese tono salvo en una ocasión anterior, y había sido el día en que había visto desde la ventana a Tartar enzarzado en una pelea con los perros de dos farderos que lo igualaban en tamaño, si no en coraje, y a los dueños animando a sus animales, mientras que el suyo estaba solo. Entonces Shirley había llamado a John como si realmente el día del Juicio Final fuera inminente, y ni siquiera había esperado a que llegara, sino que había salido al sendero sin sombrero y, después de informar a los farderos de que los consideraba menos hombres que a las tres bestias que daban vueltas y se atacaban en medio de una nube de polvo, había rodeado con las manos el grueso cuello del chucho más grande y había puesto todo su empeño en ahogarlo para que soltara el ojo desgarrado y sangrante de Tartar, ya que le había clavado los colmillos vengativos justo por encima y por debajo de este órgano. Al instante acudieron cinco o seis hombres en su ayuda, pero ella no se lo agradeció nunca: «Podrían haber venido antes, si su intención hubiera sido buena», dijo. No habló con nadie durante el resto del día; estuvo sentada cerca de la chimenea del vestíbulo hasta la noche, vigilando y cuidando de Tartar, que yacía a sus pies sobre una estera, ensangrentado, rígido e hinchado. De vez en cuando dejaba escapar unas lágrimas furtivas y murmuraba dulces palabras de pesar y de cariño en un tono musical que el viejo y marcado guerrero canino agradecía lamiéndole la mano o la sandalia cuando no se lamía sus propias heridas. En cuanto a John, su señora mantuvo una actitud glacial y no le dirigió la palabra durante varias semanas.