Shirley

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La señora Gill, que recordaba aquel incidente, se presentó «toda temblorosa», como ella misma decía. Con voz firme y escueta, la señorita Keeldar procedió a formular preguntas y a dar órdenes. Su espíritu altanero se sentía herido en lo más vivo por la inhospitalidad demostrada por Fieldhead en momentos como aquéllos, como si fuera la casucha de un avaro, y su indignado orgullo se notaba en el movimiento de su pecho, que se agitaba furiosamente bajo el encaje y las sedas que lo ocultaban.

—¿Cuánto tiempo hace que llegó el mensaje de la fábrica?

—Menos de una hora, señora —respondió el ama de llaves con tono apaciguador.

—¡Menos de una hora! Eso es como decir que hace menos de un día. A estas alturas habrán recurrido ya a algún otro. Envíe a un hombre inmediatamente a decir que todo lo que contiene esta casa está al servicio del señor Moore, el señor Helstone y los soldados. ¡Que eso sea lo primero!

Mientras se cumplía esta orden, Shirley se alejó de sus amigas para acercarse a la ventana del vestíbulo, y allí se quedó, silenciosa e inabordable. Cuando volvió la señora Gill, se dio la vuelta: sus mejillas tenían el rubor púrpura que imprime una emoción dolorosa en un cutis pálido; su mirada despedía la chispa que el desagrado enciende en unos ojos oscuros.


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