Shirley

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La señorita Keeldar se ruborizó, al tiempo que se reía de su excesiva generosidad y de sus cálculos totalmente desproporcionados. Moore rió también, aunque muy por lo bajo, y con el mismo tono ordenó que descargaran un sinfín de cestas del carro y volvió a enviar numerosas vasijas a la bodega.

—Tengo que contarle esto al rector —dijo Moore—. Él lo convertirá en una buena historia. ¡Qué excelente abastecedor para el ejército habría sido la señorita Keeldar! —Volvió a reír y añadió—: Exactamente lo que yo había imaginado.

—Debería estarme agradecido —dijo Shirley—, en lugar de burlarse de mí. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía medir sus apetitos, o calcular su número? Por lo que yo sabía, podrían haber sido cincuenta por lo menos los que necesitaban avituallarse. No me había dicho usted nada. Además, una petición para aprovisionar soldados sugiere de por sí grandes cantidades.

—Eso parece —dijo Moore, lanzando otra de sus miradas tranquilas y penetrantes a la perpleja Shirley—. Bien —prosiguió, dirigiéndose al carretero—, creo que ya puede llevar lo que queda al Hollow. Su carga será algo más ligera de la que la señorita Keeldar le destinaba.

Cuando el vehículo salió rodando con estrépito del patio, Shirley recobró su aplomo y preguntó por el estado de los heridos.


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