Shirley

Shirley

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La señorita Helstone salió: encontró a Shirley en la galería con expresión contrita, avergonzada y compungida como la de una niña arrepentida.

—¿Cómo está la señora Pryor? —preguntó.

—Bastante desanimada —dijo Caroline.

—Me he comportado de un modo realmente vergonzoso, muy poco generoso y muy poco agradecido —dijo Shirley—. Ha sido una insolencia por mi parte volverme contra ella de esa manera por algo que, al fin y al cabo, no era un defecto, sino únicamente un exceso de escrúpulos. Pero lamento mi error de todo corazón; díselo, y pregúntale si me perdona.

Caroline cumplió el encargo con sincero placer. La señora Pryor se levantó, fue hasta la puerta; no le gustaban las escenas, las temía como cualquier persona tímida.

—Entre, querida —dijo con voz vacilante.

Shirley entró con cierto ímpetu: abrazó a su institutriz y, mientras la besaba con ardor, dijo:

—Ya sabe que tiene usted que perdonarme, señora Pryor. No podría seguir adelante si hubiera un malentendido entre usted y yo.

—No tengo nada que perdonar —replicó la antigua institutriz—. Olvidémoslo, por favor. En definitiva, el incidente ha demostrado con mayor claridad que no estoy a la altura cuando se presentan ciertos momentos críticos.


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