Shirley
Shirley —Sobre nuestras cabezas se derramarán los pomos de la ira farisaica, a causa de nuestra participación en el asunto —dijo—, pero yo desafÃo a todos los difamadores. Estaba allà sólo para defender la ley, para cumplir con mi obligación como hombre y como británico, atributos que considero totalmente compatibles con los de sacerdote y levita, en su sentido más elevado. Su arrendatario, Moore —prosiguió—, se ha ganado mi aprobación. No hubiera preferido un jefe con menos sangre frÃa, ni menos resuelto. Además, ese hombre ha demostrado sensatez y buen juicio; primero, al prepararse concienzudamente para el suceso que se ha producido finalmente, y a continuación, cuando sus bien tramados planes le han garantizado el éxito, al saber cómo usar su victoria sin abusar de ella. Algunos magistrados se han llevado un buen susto y, como todos los cobardes, muestran cierta tendencia a la crueldad; Moore los refrena con admirable prudencia. Hasta ahora ha sido muy impopular en la comarca; pero, fÃjese en lo que le digo, la corriente de opinión se decantará ahora en su favor: la gente descubrirá que no ha sabido apreciarlo y se apresurará a remediar su error; y él, cuando perciba que el público está dispuesto a reconocer sus méritos, se comportará de un modo más amable del que nos ha obsequiado hasta ahora.