Shirley

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El señor Helstone estaba a punto de añadir a este discurso unas advertencias, medio en serio medio en broma, sobre la rumoreada predilección de la señorita Keeldar por su talentoso arrendatario, cuando la campanilla de la puerta, anunciando a otro visitante, contuvo sus burlas. Vio que el otro visitante tomaba la forma de un viejo caballero de cabellos blancos con semblante agresivo y mirada despreciativa: en resumen, nuestro viejo conocido y viejo enemigo del rector, el señor Yorke. Así pues, el sacerdote y levita cogió su sombrero y, tras un escueto adiós a la señorita Keeldar y una solemne inclinación de cabeza para su nuevo huésped, se marchó bruscamente.

El señor Yorke no estaba de buen humor, y no fue comedido al expresar su opinión sobre el trajín de la noche: Moore, los magistrados, los soldados, los cabecillas de la turba; todos y cada uno de ellos recibieron una parte de sus invectivas, pero sus peores epítetos —y eran auténticos adjetivos de Yorkshire, groseros y mordaces— los reservaba para los sacerdotes luchadores, el rector y el coadjutor «sanguinarios y demoníacos». Según él, la copa de la culpa eclesiástica estaba ahora realmente llena.




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