Shirley
Shirley —En bonito lío —dijo— se ha metido ahora la Iglesia, cuando llega el día en que los sacerdotes dan en pavonearse entre los soldados, disparando pólvora y balas, segando las vidas de hombres mucho más honrados que ellos.
—¿Qué habría hecho Moore si nadie le hubiera ayudado?
—Quien siembra vientos, recoge tempestades.
—Lo que significa que habría dejado que se enfrentara solo con la turba. Bien. Valor le sobra, pero ni el mayor heroísmo que haya guarnecido el pecho de un hombre serviría de nada ante doscientos.
—Tenía a los soldados, esos pobres esclavos que venden su sangre y derraman la de otros por dinero.
—Insulta a los soldados casi tanto como a los clérigos. Todos los que llevan casacas rojas son desperdicios nacionales a sus ojos, y todos los que visten de negro son timadores nacionales. El señor Moore, según usted, hizo mal en conseguir ayuda militar, y peor aún en aceptar cualquier otra ayuda. Lo que usted dice se resume en esto: el señor Moore debería haber entregado su fábrica y su vida a la ira de un grupo de locos desencaminados, y el señor Helstone y todos los demás caballeros de la parroquia deberían haberse quedado de brazos cruzados viendo cómo arrasaban la fábrica y mataban a su propietario, sin mover un solo dedo para salvar ninguna de las dos cosas.