Shirley

Shirley

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Después del té, Shirley lee, y es tan tenaz con el libro como negligente con la aguja. Su estudio es la alfombra, su asiento un escabel, o quizá sólo la alfombra, a los pies de la señora Pryor; así aprendía siempre la lección cuando era niña, y las viejas costumbres ejercen una gran influencia sobre ella. El cuerpo rojizo y leonado de Tartar está siempre echado junto a ella, con el negro hocico entre las patas delanteras, recto, fuerte y proporcionado como los miembros de un lobo alpino. Una mano del ama reposa por lo general sobre la tosca cabeza del cariñoso siervo, porque, si la retira, gruñe y está descontento. La cabeza de Shirley está puesta en el libro; no levanta los ojos, no habla ni se mueve, a menos que sea para dar una respuesta sucinta y respetuosa a la señora Pryor, que le dirige comentarios recriminatorios de vez en cuando.

—Querida mía, sería mejor que no tuviera ese gran perro tan cerca; le está aplastando el borde del vestido.

—Oh, es sólo muselina. Mañana puedo ponerme uno limpio.

—Querida mía, me gustaría que adoptara la costumbre de sentarse a una mesa para leer.

—Lo intentaré, señora, algún día, pero es tan cómodo seguir la costumbre de siempre…

—Querida mía, le ruego que deje el libro; fuerza la vista leyendo a la lumbre.


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