Shirley

Shirley

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De vez en cuando se dedica a la costura, pero, por una u otra fatalidad, está condenada a no quedarse sentada más de cinco minutos: apenas se ha puesto el dedal, apenas ha enhebrado la aguja, cuando una súbita idea requiere su atención en el dormitorio; quizá para ir en busca de un viejo libro de bordados con lomos de marfil, justo entonces recordado, o un costurero con tapa de porcelana, más viejo aún y totalmente innecesario, pero que en aquel momento le parece indispensable; quizá para arreglarse el peinado, o un cajón que recuerda haber visto por la mañana en un estado de curiosa confusión; quizá tan sólo para asomarse a una ventana en particular desde donde son visibles la iglesia y la rectoría de Briarfield, que ofrecen una agradable vista, rodeadas de árboles. Apenas regresa y vuelve a coger el trozo de batista o el cuadrado de cañamazo a medio bordar, cuando se oyen los vigorosos arañazos y el ahogado aullido de Tartar en el porche, y tiene que salir corriendo para abrirle la puerta; el día es caluroso, el perro entra jadeando; Shirley tiene que llevarlo a la cocina y ver por sí misma que le llenan el cuenco de agua. A través de la ventana abierta de la cocina se ve el corral, alegre y soleado, y lleno de pavos con sus pavipollos, de pavas reales con sus polluelos, de gallinas de Guinea con sus pintas nacaradas y de una colorida variedad de palomas del blanco más puro, con el cuello púrpura, y con las plumas azules y de color canela. ¡Irresistible espectáculo para Shirley! Va corriendo a la despensa a buscar un bollo y reparte las migas desde la puerta: en torno a ella se apiñan sus ávidos, gordos, felices y emplumados vasallos. John aparece en los establos, y con él tiene que hablar, y también ver a su yegua. Aún la acaricia y le da palmaditas cuando entran las vacas para que las ordeñen; esto es importante; Shirley ha de quedarse e inspeccionarlas todas. Tal vez haya alguna ternera o algún cordero recién nacidos; puede que sean gemelos a los que su madre ha rechazado: John tiene que mostrárselos a la señorita Keeldar, que se permite el placer de alimentarlos con sus propias manos bajo la dirección de su cuidadoso capataz. Mientras tanto, John somete a discusión sus dudas sobre el cultivo de ciertas «huertas arrendadas» y «pastos» y «vegas», y su señora se ve en la necesidad de ir a buscar su sombrero de paja de ala ancha para acompañarlo, subiendo y bajando las escaleras de las cercas, caminando a lo largo de setos vivos, y de oír la conclusión de todo el asunto agrícola al momento y teniendo a la vista los susodichos pastos, huertas y vegas. Una tarde radiante lleva así a una apacible noche, y Shirley regresa a la casa para tomar un té a última hora, y después del té nunca cose.


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