Shirley
Shirley Mientras el verano transcurría de esta manera para Moore, ¿cómo era para Shirley y Caroline? Visitemos primero a la heredera. ¿Cómo se encuentra? ¿Cual doncella herida de amor, pálida y suspirando por un galán olvidadizo? ¿Se pasa el día sentada, agachando la cabeza sobre alguna labor sedentaria? ¿Anda siempre con un libro en las manos, o con una labor de costura en el regazo, y sólo tiene ojos para eso, y nada que decir, y pensamientos inexpresados?
En absoluto. Shirley está perfectamente. Si la expresión soñadora de su fisonomía no ha desaparecido, tampoco lo ha hecho su sonrisa despreocupada. Ilumina la vieja y sombría casa solariega con su alegre presencia: la galería y las habitaciones de techo bajo que dan a ésta han aprendido los ecos vivaces de su voz; el oscuro vestíbulo, con su única ventana, se ha acostumbrado de buena gana al frufrú frecuente de un vestido de seda, cuando quien lo viste lo atraviesa para ir de una estancia a otra, ora llevando flores al anticuado salón de tonos entre melocotón y rosado, ora entrando en el comedor para abrir las ventanas y dejar que entre el aroma de resedas y escaramujos, o sacando luego unas plantas de la ventana de la escalinata para ponerlas al sol junto a la puerta del porche.