Shirley
Shirley DifÃcil era averiguar si durante este ajetreado perÃodo de su vida —si, mientras una justicia estricta y un negocio exigente reclamaban sus energÃas y eran la obsesión de sus pensamientos— de vez en cuando dedicaba un momento, algún esfuerzo, a mantener vivos fuegos más amables que los que ardÃan en el templo de Némesis[115]. Las ocasiones en que visitaba Fieldhead eran escasas y sus visitas siempre breves. Si iba a la rectorÃa, era tan sólo para conversar con el rector en su estudio. Se atenÃa a su rÃgido proceder con gran resolución. Mientras tanto, la historia de aquel año seguÃa siendo turbulenta: no habÃa calma en la tempestad de la guerra; su prolongado huracán seguÃa barriendo el continente. No habÃa el más mÃnimo indicio de que llegara el buen tiempo: no se veÃa abertura alguna entre «las nubes del polvo y el humo del combate»; no caÃan las gotas puras de rocÃo que vivifican el olivo, ni cesaba la lluvia roja que alimenta el funesto y glorioso laurel. Mientras, la ruina obligaba a trabajar a zapadores y mineros bajo los pies de Moore y, tanto si cabalgaba como si caminaba —tanto si iba de un lado a otro de su oficina de contabilidad como si galopaba por el sombrÃo Rushedge—, era consciente de un eco huero y notaba que el suelo temblaba bajo sus pisadas.