Shirley

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También Moore conocía el peligro que corría; el resultado era un irreductible desprecio hacia quienes creaban ese peligro. La conciencia de que aquellos a los que perseguía eran asesinos servía también de espuela que se clavaba en el flanco de su fogoso temperamento. En cuanto al miedo, era demasiado orgulloso —estaba demasiado curtido por la experiencia, si se quiere—, demasiado flemático, para tenerlo. En más de una ocasión cabalgó alegremente por los páramos, tanto a la luz de la luna como sin ella, con sentimientos de un regocijo mucho mayor y con las facultades mucho más despiertas que cuando se encontraba a salvo, estancado en la oficina de contabilidad. Cuatro eran los cabecillas con los que debía acabar: a dos los acorraló cerca de Stilbro en el transcurso de una quincena; la búsqueda de los dos restantes lo llevó más lejos: se suponía que sus escondrijos se encontraban cerca de Birmingham.

Mientras tanto, el fabricante de paños no descuidó los destrozos de su fábrica; la reparación le parecía cosa de poca monta, pues sólo se requerían trabajos de carpintería y reponer cristales. Dado que los agresores no habían conseguido forzar la entrada, sus niñas mimadas, sombrías y metálicas —las máquinas—, no sufrieron daños.



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