Shirley
Shirley Su caballo debió de detestar aquella época, pues lo montaba a menudo y de manera prolongada: Moore vivía prácticamente en la carretera, y el aire fresco les sentaba tan bien a sus pulmones como la persecución policial a su humor; lo prefería al vapor de los talleres de tintura. Los magistrados del distrito debieron de temerlo; eran hombres torpes y timoratos, y a él le gustaba asustarlos y aguijonearlos a la vez. Le gustaba obligarlos a delatar cierto temor, que los hacía vacilar en su resolución así como evitar la acción: era, sencillamente, el miedo a ser asesinados. Tal era, en verdad, el miedo que hasta entonces había agarrotado a todos los industriales y a casi todos los hombres con cargos públicos del distrito. Sólo Helstone lo había rechazado. El viejo cosaco sabía bien que podían pegarle un tiro, sabía que corría ese riesgo, pero ese tipo de muerte no aterrorizaba sus nervios: la habría elegido entre todas, de habérsele presentado la alternativa.