Shirley

Shirley

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Por fin, empero, cae sobre la página una pálida luz procedente de la ventana. Shirley alza la vista: ha salido la luna; cierra el libro, se levanta y pasea por la habitación. El libro tal vez ha sido bueno, ha vigorizado y animado su corazón, ha despertado su cerebro, llenándolo de imágenes. El silencioso gabinete, la limpia chimenea, la ventana abierta al cielo crepuscular, por la que se ve a la «dulce regente», entronizada y gloriosa, bastan para convertir la tierra en un paraíso y la vida en un poema para Shirley. Un deleite sosegado, profundo e innato recorre sus jóvenes venas; un deleite puro e inalterable que ningún agente humano puede alcanzar ni arrebatarle, porque no se lo ha otorgado ningún agente humano: es el don puro de Dios a una de Sus criaturas, la generosa dote de la Naturaleza a mi hija. Esta alegría le permite experimentar la vida de los genios de los cuentos. Flotando, subiendo por verdes peldaños y alegres colinas, todo verdor y luz, alcanza una posición que es apenas más baja que aquella desde la que los ángeles contemplaban al soñador de Betel[116], y sus ojos buscan y su alma posee una visión de la vida tal como ella desea. No, no como ella la desea; no tiene tiempo para desear: la gloria veloz se extiende, arrolladora y luminosa, y multiplica sus esplendores con mayor rapidez que el pensamiento haciendo sus combinaciones, más rápido de lo que la ambición puede expresar sus anhelos. Shirley no dice nada mientras se halla sumida en este trance; guarda un silencio absoluto. Si la señora Pryor le hablara ahora, saldría en silencio y seguiría paseando arriba, en la oscura galería.


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