Shirley
Shirley Separada momentáneamente de la señorita Keeldar, pues no podía buscar su trato en medio de sus distinguidos parientes; ahuyentada de Fieldhead por el tráfago de visitas que los recién llegados habían ocasionado en la vecindad, Caroline se vio relegada una vez más a la triste rectoría, a los paseos matinales solitarios por senderos apartados, a las largas tardes solitarias sentada en un gabinete silencioso abandonado por el sol desde el mediodía; o en el emparrado del jardín, donde el sol brillaba esplendoroso, pero triste, sobre las grosellas sujetas al enrejado y sobre las bellas rosas del mes con las que se entrelazaban, y a través de ellas caía formando cuadros sobre la figura sentada de Caroline, tan inmóvil con su blanco vestido veraniego como una estatua de jardín. Allí leía viejos libros que sacaba de la biblioteca de su tío; los que estaban en griego y en latín no podía leerlos, y su colección de literatura ligera se limitaba principalmente a un estante que había pertenecido a su tía María: algunas venerables revistas para señoras, que en una ocasión habían viajado por mar con su propietaria, habían sufrido una tormenta y estaban manchadas de agua salada; unas cuantas revistas metodistas insensatas, llenas de milagros y apariciones, de advertencias proféticas, visiones ominosas y loco fanatismo; las igualmente insensatas cartas de la señora Elizabeth Rowe de los muertos a los vivos[117]; y unos cuantos clásicos ingleses. De estas flores desvaídas había extraído Caroline la miel en su infancia; ahora las encontraba totalmente insípidas. Cosía por cambiar, y también por hacer algo de provecho. Hacía prendas para los pobres, bajo la buena dirección de la señorita Ainley. Algunas veces, cuando notaba y veía las lágrimas caer sobre la tela, se preguntaba cómo la excelente mujer que la había cortado y preparado para ella conseguía ser tan serena y ecuánime en su soledad.