Shirley

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«Nunca he encontrado a la señorita Ainley agobiada por el desánimo ni sumida en el dolor —pensaba—. Y, sin embargo, su casa es un lugar pequeño, silencioso y sombrío, y ella no tiene esperanzas de futuro ni amigos en el mundo. Aun así, recuerdo que una vez me dijo que había enseñado a sus pensamientos a elevarse hacia el Cielo. Reconoció que no hallaba ni había hallado nunca deleite alguno en los asuntos mundanos, y supongo que espera la dicha del otro mundo. Igual hacen las monjas en sus angostas celdas, con sus quinqués de hierro, sus hábitos ceñidos como sudarios, sus catres estrechos como ataúdes. Ella dice a menudo que no teme a la muerte ni a la tumba. Tampoco tenía ese temor, sin duda, san Simeón, subido a su terrible columna en el desierto, ni el devoto hindú tumbado en su lecho de clavos. Habiendo quebrantado ambos las leyes de la naturaleza, se invierten sus gustos y sus antipatías naturales, se vuelven totalmente malsanos. Yo todavía temo a la muerte, pero creo que es porque soy joven; la pobre señorita Ainley se aferraría a la vida si ésta tuviera más alicientes que ofrecerle. No creo que Dios nos creara y nos diera la vida con el único propósito de desear siempre la muerte. En el fondo de mi corazón estoy convencida de que nuestro destino es valorar la vida y disfrutarla mientras podamos. El objetivo original de la existencia no fue nunca convertirse en esa cosa inútil, vacía, pálida e interminable en que con frecuencia se convierte para muchos, como me está ocurriendo a mí.


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