Shirley

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»Nadie —proseguía—, nadie tiene la culpa, eso es evidente, de cómo son las cosas. Y no consigo adivinar, por muchas vueltas que le dé, cómo pueden mejorarse; pero tengo la sensación de que hay algo que no está bien. Creo que las mujeres solteras deberían tener más opciones, más posibilidades de hallar una ocupación interesante y provechosa de las que tienen ahora. Y cuando hablo así, no tengo la impresión de que a Dios le desagraden mis palabras, de que sea impía ni impaciente, irreverente ni sacrílega. Mi consuelo es, de hecho, que Dios oye muchas quejas y se compadece de muchos sufrimientos que los hombres se tapan los oídos para no oír o contemplan ceñudos con desprecio impotente. Digo impotente, pues he observado que, cuando la sociedad no puede deshacer fácilmente una injusticia, suele prohibir que se nombre, so pena de mostrar su desprecio; y este desprecio es tan sólo una especie de manto de oropel con el que cubre su deformada flaqueza. Las personas detestan que les recuerden los males que no quieren o no pueden remediar; al obligarlos a ser conscientes de su propia incapacidad o, lo que es aún más doloroso, al recordarles que están obligados a realizar un desagradable esfuerzo, ese recuerdo trastorna su tranquilidad y su suficiencia. Las solteronas, como los mendigos y los pobres desempleados, no deberían pedir un lugar ni una ocupación en el mundo: esa petición perturba a los ricos y dichosos; perturba a los padres. Fíjate en las familias numerosas con hijas de la vecindad: los Armitage, los Birtwhistle, los Sykes. Todos los hermanos varones de esas jóvenes trabajan en la industria o en el comercio, o tienen una profesión; tienen algo que hacer. Sus hermanas no tienen ninguna ocupación más que la de llevar la casa y coser; no disfrutan de ningún placer terrenal más que el de hacer visitas inútiles; y carecen de expectativas en la vida, no pueden esperar nada mejor. Este estancamiento perjudica su salud; nunca están bien del todo y sus ideas y puntos de vista se reducen a una extraordinaria estrechez de miras. El gran anhelo, el único objetivo de todas ellas, es el matrimonio, pero la mayoría no se casarán nunca, y morirán tal como han vivido. Intrigan, conspiran, se visten para atrapar a un marido. Los caballeros las ridiculizan, no las quieren, las tienen en muy poca valía; dicen (yo se lo he oído decir muchas veces entre risas burlonas) que el mercado matrimonial está saturado. Los padres dicen lo mismo y se encolerizan con sus hijas cuando advierten sus argucias; les ordenan que se queden en casa. ¿Qué esperan que hagan allí? Si se les preguntara, contestarían que coser y cocinar. Esperan que sus hijas se limiten a eso durante toda su vida, y que lo hagan contentas y sin quejarse, como si no tuvieran en sí el germen del talento para hacer otras cosas: doctrina esta tan razonable como si dijéramos que los padres no tienen más talento que el de comer lo que cocinan sus hijas o el de llevar lo que ellas cosen. ¿Podrían los hombres vivir de esa manera? ¿No les parecería realmente aburrido? Y cuando ese aburrimiento no conociera remedio, sino que sólo recibiera reproches ante la más mínima manifestación de queja, ¿no fermentaría el tedio hasta convertirse en locura con el tiempo? A menudo se cita a Lucrecia, hilando a medianoche entre sus doncellas, y a la mujer virtuosa de la que habla Salomón como modelos de lo que deberían ser las de “su sexo” (como se dice)[118]. No sé; creo que Lucrecia fue una persona dignísima, muy parecida a mi prima Hortense Moore, pero obligaba a trasnochar a sus criadas. A mí no me hubiera gustado ser una de sus doncellas. Hortense nos haría trabajar igual a Sarah y a mí, si pudiera, y ninguna de las dos podría aguantarlo. También la “mujer virtuosa” levantaba a la servidumbre en mitad de la noche y “acababa con el desayuno” (como dice la señora Sykes) antes del amanecer. Pero hacía algo más que hilar y distribuir el alimento: era fabricante, tejía telas finísimas y las vendía; era agricultora, compró tierras y plantó viñas. Aquella mujer era una administradora; era lo que las matronas de por aquí llaman “una mujer inteligente”. En conjunto, me gusta mucho más que Lucrecia; no creo que ni el señor Armitage ni el señor Sykes hubieran podido sacar partido de ella en los negocios, pero me gusta. “La fortaleza y la dignidad son sus atavíos; y mira sonriente al futuro. Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia gobierna su lengua. Levantáronse sus hijos, y aclamáronla dichosísima; y la alabó su marido”. ¡Rey de Israel! ¡Tu modelo de mujer es muy digno! Pero ¿nos educan a nosotras, hoy en día, para ser como ella? ¡Hombres de Yorkshire! ¿Están vuestras hijas a la altura de este regio modelo? ¿Pueden alcanzarlo? ¿Podéis ayudarlas a alcanzarlo? ¿Podéis darles una parcela en la que sus facultades puedan ejercerse y madurar? ¡Hombres de Inglaterra!, fijaos en vuestras pobres hijas; muchas de ellas desfallecen a vuestro alrededor, consumidas por la tisis o postradas, o lo que es peor, degeneran en solteronas amargadas, envidiosas, maldicientes y desgraciadas, porque la vida es un desierto para ellas; o, lo peor de todo, se rebajan a luchar mediante una coquetería carente de modestia y unos artificios denigrantes, para conseguir a través del matrimonio la posición y la consideración que les niega el celibato. ¡Padres!, ¿no podéis cambiar esta situación? Quizá no pueda hacerse todo de repente, pero pensad bien en el asunto cuando se os presente, recibidlo como una cuestión digna de reflexión; no la desechéis con una broma frívola o un insulto impropio de un caballero. Deseáis sentiros orgullosos de vuestras hijas y no abochornaros; así pues, buscadles una ocupación que las aleje del coqueteo, de las intrigas y los chismorreos maliciosos. Si dejáis que los cerebros de vuestras hijas sigan estando constreñidos, encadenados, ellas seguirán siendo una plaga y un estorbo, a veces incluso una deshonra para vosotros; dadles cultura, dadles un campo de acción y trabajo, y serán vuestras más alegres compañeras en la salud, vuestras más cariñosas enfermeras en la enfermedad y vuestro más fiel apoyo en la vejez».


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