Shirley

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CAPÍTULO XXIII

UNA VELADA FUERA DE CASA

Un radiante día de verano que Caroline había pasado completamente sola (pues su tío se había ido a Whinbury) y cuyas largas horas, esplendorosas, calladas, sin nubes y sin brisa (¡cuántas parecían desde la salida del sol!), habían sido para ella tan desoladas romo si hubieran pasado sobre su cabeza en el desierto del Sahara, sin caminos y sin sombra, y no en el florido jardín de un hogar inglés, se encontraba sentada en el emparrado del jardín con la labor en el regazo, con los dedos tenazmente empleados en la aguja, siguiendo y regulando sus movimientos con la mirada y haciendo trabajar al cerebro sin descanso, cuando Fanny salió a la puerta, paseó la vista por el jardín y sus aledaños y, al no verla, gritó:

—¡Señorita Caroline!

—¡Fanny! —respondió una débil voz que surgía del emparrado, y hacia allí se dirigió Fanny apresuradamente con una nota en la mano; la entregó a unos dedos que no parecían tener fuerza suficiente para sujetarla. La señorita Helstone no preguntó de dónde procedía ni le echó una mirada: la dejó caer entre los pliegues de su labor.

—La ha traído Harry, el hijo de Joe Scott —dijo Fanny.


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