Shirley

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«¿Estoy enferma?», se preguntó, mirándose en el espejo. Tenía los ojos brillantes, las pupilas dilatadas y las mejillas parecían más llenas y sonrosadas de lo habitual. «Tengo buen aspecto, ¿por qué no me apetece comer?».

Notó la sangre agolpándose con fuerza en las sienes; notó también una extraña actividad en el cerebro: su espíritu estaba exaltado, mil y un pensamientos brillantes, pero febriles, le llenaban la cabeza; despedían la misma luminosidad que teñía su cutis.

A aquel día siguió una noche abrasada, de desazón, de sed. Un sueño se abalanzó sobre ella como un tigre, hacia el alba; cuando despertó, se sentía enferma y sabía que lo estaba.

No sabía cómo había cogido la fiebre, pues fiebre era lo que tenía. Seguramente durante la caminata nocturna de vuelta a casa, una brisa empalagosa y emponzoñada, impregnada de rocío dulce como la miel y de miasmas, había penetrado hasta sus pulmones y venas, y, encontrando ya allí una fiebre producida por la excitación mental y una debilidad alimentada por el largo conflicto que sostenía consigo misma y por el hábito de la melancolía, había avivado la chispa hasta convertirla en llamas, dejando tras de sí un fuego bien encendido.


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