Shirley
Shirley Me refiero a las continuas idas y venidas entre sus respectivos alojamientos: no una ronda, sino un triángulo de visitas, que mantienen durante todo el año, en primavera, verano, otoño e invierno. La estación y las condiciones meteorológicas no importan; con incomprensible celo desafían nieve y granizo, lluvia y viento, polvo y lodo, para juntarse a comer, o a beber té, o a cenar. Resultaría difícil decir qué los atrae. No es la amistad, pues siempre que se reúnen acaban peleándose. No es la religión, cosa que jamás nombran entre ellos; de teología puede que hablen de vez en cuando, pero de la piedad… jamás. No es el amor por la comida y la bebida; cualquiera de ellos podría comer un asado y un pudín igual de buenos, un té igual de fuerte y unas tostadas igual de suculentas así en su propio alojamiento como en el de su hermano. La señora Gale, la señora Hogg y la señora Whipp —sus respectivas patrañas— afirman que «no es más que para dar trabajo a la gente». Por «gente», las buenas señoras se refieren, naturalmente, a sí mismas, pues ciertamente este sistema de invasión mutua las tiene en un estado de «excitación» perpetuo.