Shirley
Shirley Y como hay muchos Hiram Yorke en el mundo, afortunadamente el auténtico poeta, por tranquilo que sea, tiene a menudo un carácter agresivo bajo su aparente placidez, su docilidad está llena de astucia y es capaz de medir la estatura de quienes le miran por encima del hombro, adivinando correctamente el peso y el valor de las ocupaciones que él no ha seguido, y que son la causa de que le desprecien. Es una suerte que el poeta tenga su propia dicha, su propia compañÃa en su gran amiga y diosa, la Naturaleza, totalmente independiente de quienes hallan poco placer en él y en quienes él no halla placer en absoluto. Es de justicia que, aunque el mundo y las circunstancias le ofrezcan a menudo su lado oscuro, frÃo e indiferente —y en justa contrapartida, además, puesto que antes ha sido él quien les ha ofrecido su lado oscuro, frÃo e indiferente—, sea capaz de abrigar en su pecho un festivo fulgor y un calor suave que todo lo vuelve brillante y afable a sus ojos, mientras que quienes no le conocen creen que su existencia es un invierno polar que jamás ha alegrado el sol. El auténtico poeta no debe mover a compasión ni un ápice, y tiende a reÃrse por lo bajo cuando algún simpatizante desencaminado se lamenta de las injusticias que sufre. Incluso cuando le juzgan los utilitaristas y dictaminan que su arte y él son inútiles, escucha la sentencia con tan grande mofa, con un desdén tan enorme, profundo, general e implacable hacia los fariseos que pronuncian la sentencia, que más se le ha de reprender que compadecer. Éstas no son, empero, reflexiones del señor Yorke, y es de él de quien estamos hablando.