Shirley
Shirley El señor Yorke conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía en varios kilómetros a la redonda; sin embargo, sus amigos íntimos eran muy pocos. Siendo él una persona muy original, no le gustaba lo ordinario: podía aceptar un carácter vigoroso y recio, fuera de alta o de baja posición social; un personaje refinado e insípido, por muy elevado que fuera su estado, le producía aversión. En cualquier momento podía pasar una hora entera charlando libremente con un perspicaz obrero de los suyos, o con alguna extraña y sagaz anciana de las que tenía entre sus arrendatarios, pero se mostraría renuente a pasar un solo instante con un distinguido caballero como tantos otros, o con la dama más elegante, aunque frívola. Sus preferencias en esos aspectos las llevaba hasta el extremo, olvidando que pueden existir caracteres amables, e incluso admirables, entre quienes no pueden ser originales. No obstante, hacía excepciones a su propia regla: había cierta categoría de mentalidad, sencilla y cándida, que desdeñaba el refinamiento, que estaba desprovista casi de intelectualidad y que era totalmente incapaz de apreciar lo que había de intelectual en él, pero a la que, al mismo tiempo, no le repugnaba jamás su rudeza, no le hería fácilmente su sarcasmo, y no analizaba detenidamente lo que decía, hacía u opinaba; con ésta se sentía particularmente cómodo y, en consecuencia, la prefería particularmente. Entre tales personas, él era dueño y señor. Ellos, aunque se sometían implícitamente a su influencia, jamás reconocían su superioridad, porque jamás reflexionaban sobre ello; por lo tanto, eran absolutamente tolerantes, sin correr el menor riesgo de resultar serviles, y su insensibilidad inconsciente, natural y sin artificio era tan aceptable como la de la silla en la que se sentaba el señor Yorke o como el suelo que pisaba, porque a él le convenía.