Shirley
Shirley Por lo general, del señor Yorke en su juventud se conocía su preferencia por las mujeres vivaces y enérgicas: una figura y un aspecto llamativos, un ingenio agudo y una lengua pronta parecían ser para él los mayores atractivos. Sin embargo, jamás había propuesto matrimonio a ninguna de aquellas brillantes beldades cuya compañía buscaba, y de repente se enamoró muy en serio de una joven que ofrecía un marcado contraste con aquellas a las que hasta entonces había prestado atención, y la cortejó apasionadamente. Era una joven con el rostro de una Madonna, una joven de mármol viviente, la serenidad personificada. No importaba que cuando le hablara ella le respondiera tan sólo con monosílabos; no importaba que sus suspiros no parecieran ser escuchados, que sus miradas no fueran devueltas, que no diera jamás la réplica a sus opiniones, que raras veces sonriera con sus bromas, que no le tomara en consideración ni le hiciera caso; no importaba que pareciera todo lo contrario a la feminidad que, durante toda su vida, se había sabido que admiraba; para él, Mary Cave era perfecta porque, por algún desconocido motivo —sin duda tenía un motivo—, la amaba.