Shirley
Shirley Robert, recostado en el asiento, tranquilo y casi hosco, mientras los pañeros y fabricantes de mantas ensalzaban su valentía y enumeraban sus hazañas —muchos de ellos intercalando sus halagos con groseras invectivas contra la clase obrera—, era agradable de ver para el señor Yorke. Su corazón saltaba de contento con la placentera convicción de que aquellos burdos elogios avergonzaban profundamente a Moore y le hacían casi despreciarse a sí mismo y su trabajo. Es fácil recibir los insultos, los reproches y las calumnias con una sonrisa, pero resulta ciertamente doloroso oír el panegírico de quienes despreciamos. Con semblante risueño, Moore había contemplado a menudo a la muchedumbre vociferante desde una tribuna hostil; había hecho frente a la tormenta de la impopularidad con noble porte y el alma jubilosa, pero agachaba la cabeza ante los elogios malsonantes de los hombres de negocios, y se retraía, disgustado, ante sus cumplidos.
Yorke no pudo evitar preguntarle si le gustaban sus partidarios, y si no creía que hacían honor a su causa.
—Pero es una pena, muchacho —añadió—, que no hayas colgado a esos cuatro especímenes del populacho. Si hubieras logrado esa hazaña, estos caballeros habrían arrancado los caballos de la diligencia, uncido a una veintena de burros y te habrían hecho entrar en Stilbro como un general victorioso.