Shirley

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El señor Yorke —presidente vitalicio de estas comidas— fue testigo de la conducta de su joven amigo con extremada complacencia. Si algo podía despertar su genio o suscitar su desprecio, era la visión de un hombre engañado por la adulación o regocijado por la popularidad. Si algo lo calmaba, sosegaba y encantaba especialmente, era el espectáculo de un personaje público incapaz de regodearse en su notoriedad. Incapaz, digo; el desdén lo habría encolerizado. Era la indiferencia lo que aplacaba su severo espíritu.













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