Shirley

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Un rumor afirmaba que Moore no se atrevía a volver a Yorkshire, que sabía que no tardarían ni una hora en darle caza si volvía.

«Se lo diré a él —dijo el señor Yorke cuando su mayoral le comentó el rumor—, y si eso no le hace volver al galope, no habrá nada que lo consiga».

Éste o algún otro motivo le convenció finalmente de que debía volver. Anunció a Joe Scott el día en que llegaría a Stilbro y pidió que le enviaran su caballo de silla al George para su comodidad, y cuando Joe Scott informó al señor Yorke, este caballero se puso en camino para ir a su encuentro.

Era día de mercado: Moore llegó a tiempo para ocupar su sitio habitual en la comida. Como extranjero en parte —y hombre importante, hombre de acción—, los industriales congregados lo recibieron con cierta deferencia. Algunos —que en público no se habrían atrevido a saludarlo siquiera por miedo a que una parte del odio y la venganza que le guardaban cayera casualmente sobre ellos— en privado lo aclamaron como si fuera su campeón. Después de que circulara el vino, su respeto se habría avivado hasta alcanzar el entusiasmo de no haber sido porque el imperturbable aplomo de Moore lo desalentó y lo mantuvo en estado latente.


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