Shirley
Shirley La Naturaleza no tuvo jamás el propósito de que el señor Helstone fuera un marido muy bueno, sobre todo para una mujer callada. Él pensaba que, mientras una mujer guardara silencio, nada la aquejaba ni nada le faltaba. Si no se quejaba de la soledad, la soledad, por persistente que fuera, no podía resultarle fastidiosa. Si no hablaba ni se manifestaba, si no expresaba una preferencia por esto y una aversión por aquello, no tenía preferencias ni aversiones y era inútil consultarle sus gustos. Él no pretendía comprender a las mujeres ni compararlas con los hombres: pertenecían a una categoría de existencia distinta, seguramente muy inferior; una esposa no podía ser la compañera de su marido y mucho menos su confidente, y mucho menos su sostén. Su mujer, después de un par de años, no tenía demasiada importancia para él en ningún sentido, y cuando un día, de repente le pareció —pues no había notado apenas su declive—, paulatinamente según pensaron otros, se despidió del marido y de la vida, y sólo quedó un molde de arcilla de facciones aún hermosas, frías y blancas, sobre el lecho conyugal, Helstone lamentó su pérdida; ¿quién sabe si poco? Sin embargo, quizá fuera más de lo que aparentaba, pues no era un hombre a quien la pena arrancara fácilmente las lágrimas.