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—Y espero —añadió mi madrina para concluir— que la pequeña no se parezca a su madre: la joven más necia y frívola con la que hombre sensato tuvo jamás la debilidad de casarse. Porque —prosiguió— el señor Home es un hombre sensato a su manera, aunque carezca de sentido práctico: es muy aficionado a la ciencia y se pasa media vida en el laboratorio haciendo experimentos, cosa que su voluble esposa no podía comprender ni soportar; y lo cierto es que a mí tampoco me habría gustado —confesó mi madrina.

En respuesta a una pregunta mía, me explicó, además, que su difunto marido solía decir que el señor Home había heredado la vena científica de un tío materno, un sabio francés; pues por sus venas corría, al parecer, sangre francesa y escocesa, y tenía varios parientes vivos en Francia, entre los que más de uno escribía «de» antes del apellido y se hacía llamar noble.

Aquella misma noche, a las nueve, se envió un criado a recibir la diligencia en la que debía llegar nuestra pequeña visitante. La señora Bretton y yo la esperamos solas en el salón, ya que John Graham Bretton estaba pasando unos días en casa de un compañero de colegio que vivía en el campo. Mi madrina leía el periódico de la tarde mientras aguardaba; yo cosía. Era una noche muy húmeda; la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y el viento soplaba con furia.


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