Villette
Villette —¡Pobre pequeña! —exclamaba la señora Bretton de vez en cuando—. ¡Menudo tiempo para viajar! ¡Ojalá estuviera aquà ya sana y salva!
Poco antes de las diez, la campanilla anunció el regreso de Warren. En cuanto se abrió la puerta, bajé corriendo al vestÃbulo; habÃa un baúl y unas cuantas sombrereras junto a una joven que parecÃa una niñera, y al pie de la escalinata estaba Warren con un bulto en los brazos, envuelto en un chal.
—¿Es la niña? —pregunté.
—SÃ, señorita.
Hubiera querido abrir el chal para verle la cara, pero la pequeña volvió rápidamente su rostro hacia el hombro de Warren.
—Déjeme en el suelo, por favor —dijo una vocecita cuando Warren abrió la puerta del salón—, y quÃteme este chal —añadió, al tiempo que extraÃa el alfiler con su mano diminuta y, con cierta prisa exigente, se quitaba la tosca envoltura. La criatura que apareció entonces intentó hábilmente doblar el chal, pero era demasiado grande y pesado para que semejantes manos y brazos pudieran sostenerlo o manejarlo—. Déselo a Harriet, por favor —ordenó entonces—, y ella lo guardará —dicho esto, se dio la vuelta y clavó la vista en la señora Bretton.