Villette
Villette —Ven aquÃ, pequeña —dijo mi madrina—. Ven y déjame ver si tienes frÃo y estás mojada; ven y deja que te caliente junto al fuego.
La niña se acercó de inmediato. Despojada de su envoltura, parecÃa diminuta, pero tenÃa una figura perfectamente formada, ligera, esbelta y muy erguida. Sentada sobre el amplio regazo de mi madrina, recordaba a una muñeca; el cuello, delicado como la cera, y la cabeza de rizos sedosos aumentaban el parecido, pensé.
La señora Bretton le dirigió palabras de cariño mientras le frotaba las manos, los brazos y los pies; al principio fue observada con una mirada melancólica, pero pronto recibió a cambio una sonrisa. La señora Bretton no era, por lo general, una mujer dada a las caricias; incluso con su queridÃsimo hijo, raras veces demostraba sus sentimientos, sino más bien lo contrario, pero cuando aquella pequeña desconocida le sonrió, mi madrina le dio un beso y le preguntó:
—¿Cómo se llama mi pequeñina?
—Missy[4].
—¿Y además de Missy?
—Papá la llama Polly.
—¿Estará contenta Polly de vivir conmigo?
—No para siempre, sólo hasta que papá vuelva. Papá se ha ido —señaló, moviendo la cabeza de un modo muy expresivo.