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Poco después de su boda, convencieron a monsieur de Hamal de que abandonara el ejército, el mejor modo de asegurar que se alejaría de ciertos hábitos y compañías escasamente recomendables; le consiguieron un puesto de attaché[419], y partió con su joven esposa al extranjero. Yo pensaba que ella me olvidaría, pero no lo hizo. Durante muchos años, mantuvo conmigo una especie de correspondencia irregular y caprichosa. Los dos primeros años, sólo me hablaba de Alfred y de ella; después, el conde pasó a un segundo plano; Ginevra y un recién llegado prevalecieron: un tal Alfred Fanshawe de Bassompierre de Hamal empezó a reinar en el trono de su padre. Se dijeron grandes cosas de ese personaje, toda clase de disparatadas exageraciones sobre su milagrosa precocidad, mezcladas con los reproches más vehementes por la flemática incredulidad con que yo las recibía. Yo no sabía «lo que era ser madre»: para alguien tan frío como yo, «el corazón de una madre era algo tan desconocido como el Griego o el Hebreo», etcétera, etcétera. A su debido tiempo, aquel joven caballero se licenció en dentición, sarampión, tos ferina: fue una época muy dura para mí. Las cartas de la madre se convirtieron en auténticos gritos de aflicción: ninguna mujer había sufrido tantas calamidades, ningún ser humano había necesitado tanto cariño y comprensión. Al principio me asustaba, y le respondía con dramatismo; pero no tardé en descubrir que había mucho ruido y pocas nueces en aquel asunto, y volví a caer en la cruel insensibilidad que me caracterizaba. En cuanto al joven paciente, capeó todos los temporales como un héroe. Cinco veces estuvo in articulo mortis, y cinco veces, milagrosamente, se recuperó.


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