Villette

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La entrevista sería breve, por supuesto: él me diría lo mismo que había dicho a cada una de las alumnas congregadas en el aula; me cogería la mano y la retendría por unos instantes; rozaría mi mejilla con sus labios por primera, última, quizá única vez… y luego… nada más. Después, el adiós final, y entonces la separación, el enorme abismo que no podría cruzar para reunirme con él… y, al otro lado del cual, él ni siquiera me recordaría.

Monsieur Paul me cogió la mano con una de las suyas, y con la otra me quitó el sombrero; me miró a la cara, y su maravillosa sonrisa se desvaneció, sus labios expresaron algo muy parecido al lenguaje mudo de una madre que, inesperadamente, encuentra a su hijo muy cambiado, presa de una enfermedad o extenuado por la miseria. Algo le detuvo.

—¡Paul! ¡Paul! —gritó atropelladamente una voz femenina—. Venga al salón, Paul; todavía tengo que decirle muchas cosas… conversación para todo el día… Y Victor también; y Josef está aquí. Venga, Paul, venga con sus amigos.

Madame Beck, atraída por la vigilancia o por un instinto inescrutable, entró tan violentamente en el aula que estuvo a punto de chocar con monsieur Paul y conmigo.

—¡Vamos, Paul! —repitió, clavando en mí una mirada tan dura y penetrante como una púa de acero.


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