Villette

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Madame Beck empujó a su primo. Creo que él retrocedió; pensé que se marcharía. Herida en el alma, obligada a sentir lo que había intentado a toda costa refrenar, grité:

—¡Se me romperá el corazón!

Y pensé que se rompería, literalmente; pero un nuevo manantial brotó ante la violencia de la corriente:

—¡Confíe en mí! —susurró monsieur Paul.

Y sus palabras me quitaron un peso insoportable de encima, me ayudaron a vislumbrar una salida. Entre profundos sollozos, terribles escalofríos, fuertes temblores y, a pesar de todo, con cierto alivio, rompí a llorar:

—Yo me quedaré con ella; es una crisis; le daré a beber un cordial y se le pasará —dijo la imperturbable madame Beck.

Dejarme en manos de su cordial, equivalía a dejarme en manos de una envenenadora y su copa. Monsieur Paul le respondió profunda, breve, duramente:

—Laissez-moi[423]!

Aquel lúgubre sonido llegó a mis oídos como una extraña música, poderosa y vivificante.

—Laissez-moi! —repitió, al tiempo que se abrían sus orificios nasales y le temblaban los músculos de la cara.

—Pero esto no puede ser —exclamó madame Beck con severidad.


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