Villette

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La camarera pasó la noche hablando; no conmigo, sino con el sobrecargo, que, además de hijo suyo, era su vivo retrato. Éste entraba y salía continuamente del camarote: hasta que amaneció, madre e hijo discutieron, se pelearon, volvieron a discutir e hicieron las paces más de veinte veces. Ella se jactó de estar escribiendo una carta a casa… a su marido, según dijo; y, creyéndome tal vez dormida, leyó algunos fragmentos en voz alta sin prestarme la menor atención; éstos parecían encerrar secretos familiares y se referían especialmente a una tal «Charlotte», una hermana menor, que, por el tono de la misiva, estaba a punto de contraer un romántico e imprudente matrimonio; airadas eran las protestas de la madura señora contra aquella desagradable unión. El buen hijo ridiculizaba la correspondencia de su madre. Ella la defendía y despotricaba contra él. Formaban una extraña pareja. La mujer debía de rondar los treinta y nueve o cuarenta años, tenía mucho busto y estaba fresca y lozana como una joven de veinte. Ruda, estridente, vanidosa y vulgar, su cuerpo y su espíritu parecían tan descarados como imperecederos. Supongo que había vivido en lugares públicos desde la infancia, y es probable que en su juventud hubiera sido moza de taberna.




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