Villette
Villette Abriendo una puerta interior, monsieur Paul me enseñó un salón diminuto, pero muy acogedor. Sus delicadas paredes parecÃan teñidas por el rubor; el suelo estaba encerado; una preciosa alfombra cuadrada cubrÃa el centro; una mesita redonda brillaba tanto como el espejo de encima de la chimenea; habÃa un pequeño sofá, y un pequeño chiffonnier[429], cuya puerta entreabierta, de seda carmesÃ, dejaba ver algunas porcelanas en los anaqueles; habÃa un reloj francés, y una lámpara, y unas figuritas de biscuit[430]; en el hueco del único ventanal habÃa una peana verde con tres hermosas macetas de flores; en una esquina se veÃa un guéridon[431] con una encimera de mármol y, sobre ésta, un costurero y una copa con violetas. La celosÃa de aquella estancia estaba abierta; se respiraba el aire fresco del exterior y la fragancia de las violetas.
—¡Qué lugar tan bonito! —exclamé.
Monsieur Paul sonrió al verme tan complacida.
—¿Debemos sentarnos y esperar? —pregunté en voz baja, algo intimidada por aquel silencio tan profundo.
—Antes echaremos un vistazo a dos o tres rincones de esta cáscara de nuez —replicó.
—¿Se toma la libertad de recorrer la casa? —dije.
—Desde luego —contestó tranquilamente.