Villette
Villette —Pero si me escribe —dije—, tengo que recibir sus cartas; y las recibiré: diez directores, veinte directoras no podrán impedÃrmelo. Soy protestante: no toleraré esa clase de disciplina: no pienso hacerlo, monsieur.
—Doucement - doucement —replicó—; trazaremos un plan; tenemos muchos recursos: soyez tranquille[427].
Y, diciendo estas palabras, el profesor se detuvo.
VolvÃamos del largo paseo. HabÃamos llegado al centro de un cuidado faubourg[428], donde las casas eran pequeñas, pero encantadoras. Monsieur Paul se habÃa parado ante el umbral de una de esas primorosas viviendas.
—Ya estamos —exclamó.
No llamó a la puerta: sacó una llave del bolsillo, la abrió y se precipitó en el interior. Me hizo pasar y cerró la puerta detrás de nosotros. No apareció ningún criado. El vestÃbulo era pequeño, como la casa, pero acababan de pintarlo con mucho gusto; al fondo habÃa una ventana francesa en la que se veÃa una parra: sus zarcillos y sus hojas verdes besaban los cristales. El silencio reinaba en aquella morada.