Villette

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Con aquel lenguaje tan inadecuado, mis sentimientos luchaban por expresarse: no lo conseguían; las palabras, rebeldes y quebradizas, frías como el hielo, se disolvían o deformaban en el esfuerzo. Monsieur Paul me observaba en silencio: levantó dulcemente la mano para acariciarme el cabello; rozó mis labios al pasar; y éstos, impulsivamente, pagaron su tributo. Él era mi soberano; espléndida había sido su generosidad conmigo; rendirle homenaje era tanto una alegría como un deber para mí.

La tarde llegó a su fin, y el silencioso anochecer envolvió el tranquilo faubourg en las sombras. Monsieur Paul me pidió que le brindara hospitalidad; muy ocupado y de pie desde la mañana, necesitaba tomar algo; dijo que debía ofrecerle chocolate en mi bonito juego de porcelana dorada y blanca. Salió de la casa y encargó cuanto precisábamos en un restaurante; colocó el pequeño guéridon y las dos sillas en la terraza que había tras la ventana francesa, debajo de las protectoras parras. ¡Con qué felicidad acepté el papel de anfitriona, preparé la bandeja y serví a mi huésped y benefactor!





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