Villette
Villette La terraza estaba en la parte trasera de la casa, los jardines del faubourg nos rodeaban y los campos se extendían a lo lejos. El aire era fresco, suave y tranquilo. Por encima de los álamos, laureles, cipreses y rosas se veía una luna tan hermosa y apacible que el corazón temblaba bajo su sonrisa; una estrella, bajo su dominio, brillaba al lado, despidiendo el rayo del amor más puro. En un jardín muy grande, cerca de nosotros, un surtidor brotaba de una fuente, y una pálida estatua se inclinaba sobre las bulliciosas aguas.
Monsieur Paul me hablaba. Su voz era tan melodiosa que se fundía armoniosamente con el susurro plateado, el chorro de agua y el musical suspiro con que la suave brisa, la fuente y el follaje entonaban su arrulladora oración de vísperas.
Hora feliz… ¡detente un instante! ¡Baja las plumas, cierra las alas! ¡Inclina sobre mí esa frente celestial! ¡Ángel blanco! Deja que tu luz perdure y se refleje en las nubes; lega su alegría a esos tiempos que necesitan un rayo evocador del pasado.