Villette
Villette Nuestra merienda fue muy sencilla: el chocolate, los panecillos y el plato de fruta estival recién cogida, cerezas y fresas, sobre un hermoso lecho de hojas verdes; pero los dos lo apreciamos mucho más que un banquete, y yo sentà un gozo indescriptible al atenderle. Le pregunté si sus amigos, père Silas y madame Beck estaban al corriente de lo que habÃa hecho, si habÃan visto la casa.
—Mon amie —dijo él—, nadie sabe nada excepto usted y yo: ésta felicidad está consagrada a nosotros dos, nadie la compartirá ni profanará. A decir verdad, este asunto me ha procurado un placer tan exquisito que no querÃa estropearlo contándoselo a otros. Además —añadió, sonriendo—, necesitaba demostrar a la señorita Lucy que podÃa guardar un secreto. ¡Cuántas veces se ha burlado de mà por mi falta de decorosa reserva y por carecer de la debida prudencia! ¡Cuántas veces me ha insinuado con descaro que todos mis asuntos son como los secretos de Polichinela!
Aquello era cierto: no me habÃa mordido la lengua en esa cuestión, ni en ninguna otra que me pareciera criticable. ¡Qué maravillosa era tu alma y qué grande tu corazón, mi querido hombrecillo lleno de imperfecciones! MerecÃas franqueza, y siempre la obtuviste de mÃ.