Villette
Villette —Además —señaló monsieur Paul—, si no le favorece la suerte, cosa que dudo, me alegra pensar que la dejo en buenas manos; monsieur Miret no abusará: para el primer año, tiene usted suficiente con sus ahorros; para después, la señorita Lucy debe confiar en Dios y en sà misma. Pero ¿qué hará para conseguir alumnas?
—Tengo que repartir los prospectos.
—¡Muy bien! Para no perder el tiempo, ayer le di uno al señor Miret. ¿Le molestarÃa empezar con tres pequeñas burguesas, las demoiselles Miret? Están a su disposición.
—Monsieur, no olvida nada; es usted maravilloso. ¿Molestarme? ¡Cómo si estuviera en condiciones de exigir! Supongo que, al empezar, no tendré alumnas de la aristocracia en mi pequeño colegio; me da igual si no vienen nunca. Estaré orgullosa de acoger a las tres hijas de monsieur Miret.
—Además de ellas —continuó diciendo él—, hay otra alumna que vendrá a diario para recibir clases de inglés; y, como es una joven adinerada, pagará bien. Me refiero a mi ahijada y pupila, Justine Marie Sauveur.