Villette
Villette ¿Qué habÃa en ese nombre? ¿Qué pasaba con esas tres palabras? Hasta entonces le habÃa escuchado con alegrÃa desbordante, le habÃa respondido con jubilosa rapidez; ese nombre me paralizó; esas tres palabras me dejaron muda.
—¿Qué ocurre? —inquirió monsieur Paul.
—Nada.
—¿Nada? Su expresión cambia, su tez palidece y sus ojos se apagan… y ¿no ocurre nada? Debe de sentirse indispuesta; algo le aflige; dÃgame qué.
No tenÃa nada que decirle.
Acercó su silla. No se enfadó, aunque seguà frÃa y silenciosa. Intentó arrancarme alguna palabra: me suplicó con perseverancia, esperó con paciencia.
—Justine Marie es una buena muchacha —afirmó—, dócil y afable; no es muy inteligente, pero le gustará.
—Creo que no. Creo que no debe venir —fue mi respuesta.
—¿Pretende usted dejarme intrigado? ¿Acaso la conoce? Vamos, estoy seguro de que le pasa algo… Vuelve a estar tan pálida como aquella estatua. ConfÃe en Paul Carlos: cuéntele el motivo de su abatimiento.
Su silla rozaba la mÃa; acercó silenciosamente su mano y me obligó a mirarle.
—¿Conoce a Justine Marie? —repitió.