Villette
Villette Ese nombre, pronunciado nuevamente por sus labios, me llenó inexplicablemente de congoja. No me hundió… no, inflamó la sangre que corrÃa por mis venas, y me trajo el recuerdo de unas horas de dolor lacerante y de muchos dÃas y noches de desconsuelo. Ahora que monsieur Paul estaba junto a mÃ, después de haber entrelazado fuertemente su vida con la mÃa, después de haber conseguido que nuestros espÃritus se acercaran y nuestro cariño se estrechara, la mera insinuación de una interferencia, de una separación, desataba en mà una desbordante agitación, una impetuosa agonÃa, una desdeñosa determinación, una ira, una oposición cuyo fuego ningún ojo humano ni ninguna mejilla podrÃa ocultar, y cuyo grito ninguna lengua acostumbrada a decir la verdad podrÃa acallar.
—Quiero contarle algo —dije—; quiero contárselo todo.
—Hable, Lucy; acérquese a mÃ; hable. ¿Acaso hay alguien que la aprecie más que yo? ¿No es Emanuel su mejor amigo? ¡Vamos, hable!